La muy nobilísima arte.

 

“Yo oro ni plata te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré” y fué ansí, que después de Dios éste me dió la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.

Así, debido a la necesidad, nuestro buen Lázaro aprendía del avariento ciego a sobrevivir y moverse en la ambigüedad de una España de miserias y sonrisas burlonas, siempre desdentadas. La España del ocre y los ecos tanto en las casas como en los estómagos, que tan bien reflejó Velázquez en obras como el aguador de Sevilla, o los tres hombres a la mesa. Hijos de un tiempo tan duro, el sobrevivir se convirtió en cosa de diario, y entre el vulgo, el sátiro astuto era el que se acababa por echar el mendrugo a la boca. Y es que la necesidad despierta el ingenio, y más en una nación de oro por fuera y mierda por dentro, dónde los que vestían de terciopelo y sedas eran mucho más ladrones que los desgraciados de manos rápidas que vaciaban faltriqueras para menear el mostacho.

Cubrir la desgracia y la miseria con una máscara de chirigotas y bufonadas, ésa es la famosa picaresca española. Y ése precisamente, es el tema que tocamos hoy. Ese ingenio punzado por la necesidad que durante mucho tiempo caracterizó una nación siempre mezquina con sus hijos, a pesar de ser estos hijos, precisamente, los que lo sacrificaron todo por semejante madrastra, pues como dijo Cervantes (y sabía bien lo que decía), a buen servicio, mal galardón.

Hoy yo trato de brindar “buen galardón” a unos cientos de hombres que agudizaron esa astucia pícara no por hambre, sino por no verse con el cuello rajado por algún hijo de mala madre con casaca roja. Que en el imperio de Felipe III había muchos y con muchas ganas de arrancarle al viejo León los pocos dientes que aún tenía. En esto pensaba mi amigo Christopher Newport, pupilo aventajado del más que pirata Francis Drake, cuando se dirigía con dieciséis buques de su majestad la Reina para desembarcar en Jamaica y dar los buenos días a la esquilmada guarnición de las reales armas españolas. Felipe III no podía dar abasto al ingente territorio heredado, y como el dinero se ha hecho redondo para que ruede, el nuestro rodaba tan bien y tan rápido, que nadie le echaba el guante, y muchísimas de las plazas españolas eran defendidas por pocos hombres que aparte de no ver la soldada prometida ni por mano del diablo, estaban mal alimentados y peor equipados, quedándoles sólo el triste orgullo de batirse por sus cojones morenos, que a falta de pan, bueno era el acero Vizcaya.

Corría el año mil seiscientos en el burgo fundado por Francisco de Garay, Villa de la vega, cuando una chalupa inglesa bajaba de uno de estos dieciséis barcos de la flota del almirante Newport, con bandera blanca y más malas intenciones que las de Caín con su hermano. Y seguramente chapurreando un castellano más bien tirando a guiri, el mensajero pasó a comentarles a los doscientos hombres que allí había que o rendían la plaza a las armas de su majestad, o toda la villa sería pasada a cuchillo. Ahí, con mala leche.

Lejos de amedrentarse, la villa, acostumbrada a piratas y demás morralla embarcada que se paseaba por las caribeñas aguas, se aprestaba a preparar la defensa mientras el mensajero inglés y los españoles que los recibieron estaban en parlamento. Dándose cuenta de la necesidad de ganar tiempo, los agudos parlamentarios se hacían los idiotas, haciéndole ver al mensajero de Newport que no entendían ni media palabra de las que verborreaba el inglés, teniendo éste que perder el tiempo en intentar explicar el mensaje que traía. Cuando se dio cuenta de que lo capeaban con toda la guasa del mundo, la defensa ya había sido preparada, y de un chalupazo enviaron al mensajero de nuevo con su almirante. “Que ya pueden vuestras mercedes venir”.

La desventaja numérica y de material era ciertamente desmoralizante, pero aquí siempre tuvimos las miserias por cotidiano, y aunque siempre peleándonos entre nosotros, nunca se vieron hermanos más unidos bajo una bandera fogueada, pues no hay nada que una más que la desgracia, y en eso siempre fuimos hombres de ciencia bien doctos, oiga. Y es que como dice el refrán, con ayuda del vecino mató mi padre un cochino. Que mire usted la obviedad y lo socorrido del refrán en esta historia.

A pesar de esta desventaja, como digo, los abigarrados defensores ya habían preparado un plan tan rudo y original como efectivo. Christopher Newport había desembarcado a sus hombres pensando ya en una victoria más que clara, organizándolos en cinco columnas para asaltar la que hoy es conocida como Spanish Town. Cual fue la sorpresa de los ingleses cuando vieron que de la urbe salía una polvareda y un estruendo que no entendían muy bien, hasta que vieron entre la nube de polvo a todo el enloquecido ganado que había en la ciudad, con antorchas en los cuernos,  y cargando contra las cinco columnas que avanzaban al asalto. Un santiago y cierra España bóvido en toda regla, que aplastó a las primeras filas haciendo que éstas, movidas por el pánico, se dieran la vuelta y arrollaran a las filas que tenían detrás, produciéndose un maremágnum de ganado sobre ingleses y de ingleses sobre ingleses a su vez, que imagino al almirante Newport contemplando aquél carajal con la casaca roja tornada en blanco del susto. Tal cuerpo se les tuvo que quedar a las criaturas, que tras rehacerse como pudieron salieron todos de allí como alma que lleva el diablo, y los de Villa de la vega defendieron la plaza jamaicana sin prender una sola mecha de arcabuz.

Y así como Lázaro “Con su sutileza e buenas mañas se remediaba” para no finar de hambre, los doscientos españoles que defendieron la plaza sólo fueron movidos por la necesidad que nos acució durante tanto tiempo y que despertó en nosotros ese burlón y desgraciado arte. El arte de la picaresca.

OTUMBA.

Un cielo con mil estrellas reflejaba de un sutil plateado las corazas de los que huían. Debajo de la impresionante bóveda celeste, la rotunda oscuridad de la selva Mexicana llenaba de incertidumbre a los hombres del Capitán General. Heridos y extenuados por el cansancio, el hambre y la sed, aterrados por los gritos de guerra que llegaban de la húmeda profundidad de la selva, quinientos hombres corrían entre la oscuridad del laberinto de vegetación que formaba aquella jungla cruel y homicida. Los resuellos, los gemidos de dolor, las fuertes pisadas sobre suelo incierto y el tintineo incesante del acero de Vizcaya y de Toledo componían la música que los soldados seguían al paso. Y a lo lejos, pero nunca suficientemente lejos… los gritos. Nadie entendía esos gritos perseguidores, pero lograban alcanzar el corazón encogido de los que escuchaban, acelerando una marcha implacable. Y aunque los terribles aullidos eran indescifrables, todos sabían a quien aludían. Huitzilopochtli. O Huichilobos, como todos los fieles de la verdadera religión lo conocían. Solo pensar en este Dios hereje y terrible enturbiaba el alma de aquellos que corrían, y si los gritos les daban caza finalmente, sólo quedaba morir con la espada en la mano. Caer prisionero no era una opción para cualquier mente cabal. Caer prisionero era servir de alimento a Huitzilopochtli. Y muchos habían visto como Huichilobos se alimentaba de corazones palpitantes, como se regocijaba en los charcos de sangre que manaban del altar que le servía de bandeja. Por eso todos marchaban sin prestar atención al dolor del cuerpo y al del corazón.

 

Coyolxauhqui, la desmembrada luna de los Mexicas, había dejado paso a su hermano el Sol, y amanecía en ese mundo extraño. Los Quinientos de Cortés llevaban cuatro días marchando, enfrentando escaramuzas de avanzadillas en la selva y con descansos demasiado escasos como para recuperar el ánimo. La huída de Tenochtitlán había hecho saltar las lágrimas de los ojos de Hernán Cortés, reflejando para sus soldados mas a un hermano de fatigas que a un distante mando militar. Sólo un tercio de la tropa se había salvado de La noche triste, quedando muchos ahogados en el canal de los Toltecas, atravesados en la huída por los proyectiles Mexicas, o destrozados entre los garrotes dentados de obsidiana de los guerreros de Cuitláhuac. La marcha incansable era la única salida, pues llegar a territorio Tlaxcalteca era lo único que los separaba de la muerte.

 

Poco a poco la selva fue dejando de acecharlos, como un monstruo húmedo que ya ha tragado suficientes hombres y satisfecho, se va. Ante los ojos cansados de Cortés, aparecían los llanos de Temalcatitlan, y aunque los gritos seguían escuchándose, Tlaxcala no quedaba ya muy lejos, y la llanura bañada por la luz del sol templaba el espíritu agitado de los soldados españoles, que al salir de la umbría selva escuchaban los gritos a los dioses antropófagos con algo mas de valor en el pecho. El Capitán Cortés reanudó la marcha de su consumida tropa, sabedor de que gran parte del mérito de no haber sido devorados por la selva, era de los aliados Tlaxcaltecas que los acompañaban, y que veían en los españoles el puño que aplastarían a los aztecas y los liberaría de su indigno vasallaje. La marcha no continuó demasiado tiempo, pues a la voz de varios indígenas los soldados de Cortés vieron lo que ya sabían antes de volver sus ojos hacia atrás. Estaban preparados para esto y la sorpresa vino en forma de resignación: Miles de guerreros aztecas y tepanecas habían salido de la jungla. Los hijos del laberinto verde salían del vientre de su selva por miles. Les habían dado caza, y Huitzilopochtli tenía hambre.

 

El Capitán General sabía que la distancia no dejaba lugar a una huida. Los hijos de la jungla habían sacado ventaja de su hogar, y finalmente la persecución había terminado. Hernán Cortés miró a los ojos de sus hombres, y no vio miedo. Cuando sabes cual es la única carta que te queda, cuando no hay más opciones, un hombre ya no se hace mas preguntas, pues conoce todas las respuestas. Sin palabras, solo con la mirada confidente del que te acompaña a morir, los soldados del emperador de Las Españas dispusieron el famélico orden de batalla. Sin artillería, y con los pocos arcabuces que quedaban sin pólvora, esto solo podía hacerse como mejor sabían, a las bravas y con la espada desenvainada. Inflamado de ira, el Cihuacoatl hizo que su hueste rodeara a esos infames extranjeros que muchos creían Dioses, pero que ahora se veían como lo que son, sólo un grupo de hombres desesperados. Al grito del gran Caudillo mexica, los mazos de obsidiana se blandieron al aire entre gritos, preparados para aplastar las cabezas de aquellos que habían desafiado al poder de Tenochtitlan. La brutal carga se convirtió en una salvaje lucha cuerpo a cuerpo, en la que la piña dirigida por el Capitán General luchaba a la desesperada. El combate se extendió durante unas horas que al de Badajoz le parecieron siglos, pues el fanatismo azteca y su gran número de hombres los hacía incansables.

 

Hernán Cortés observó la primera línea de batalla: Un barbudo y pequeño soldado se revolvía en el suelo sujetando a un Indígena que había perdido su maza, sacando rápidamente un cuchillo con el que apuñaló la cara del nativo. A sus lados, las lanzas hacían su trabajo atravesando a los que se acercaban a intentar romper el cuadro, y varios soldados que ya habían roto sus astas se encontraban extenuados combatiendo con rodela y espada ropera, mutilando las desnudas extremidades de indígenas que intentaban asirlos de las muñecas o las correas de los petos. Más atrás, varios compañeros agarraban a un desgraciado con la cabeza abierta, llevándolo hacia las filas mas protegidas. Cortés entonces se dio cuenta de que muchos de los nativos no ponían su afán en dar muerte al enemigo. El sacrificio de un prisionero al Dios Sol era mucho mas glorioso que matar guerreando, y exceptuando aquellos indios que se dejaban llevar mas por la rabia y la ira que por la devoción de la gloria divina, las voces de los capitanes y los estandartes Mexicas incitaban a la captura, no a la muerte. Comprendió entonces Cortés su suerte, pues la ingente marea humana de nativos que los rodeaba quería verter su sangre en el debido ritual a Huichilobos. Desperdiciar tal cantidad de corazones guerreros en esa llanura no era bien visto a ojos del Dios antropófago.

 

Rápidamente Hernán Cortés puso sus ojos en el Cihuacoatl que llevaba el gran estandarte de Tenochtitlán, que arengaba con gritos exaltados y ojos de fuego a los iracundos guerreros aztecas. El Capitán General supo entonces cual era su única salida. El derruido muro de soldados exhaustos no aguantaría mucho mas las embestidas de los salvajes y el dique humano que las armas españolas formaban se vendría abajo, dejando entrar a la ingente marea de miles de cazadores que ansiaban verlos abiertos en canal.

 

La suicida decisión estaba ya tomada en la mente de Cortés: Mataría al Cihuacoatl, y arrancaría ese estandarte hereje de sus manos muertas. Descabezar a la tropa, ésa era la respuesta. Sabiendo de lo irrisorio de su número, montó junto a sus cinco caballeros dejando la infantería en manos de Don Diego de Ordás y de Dios, e hinchando el pecho y con la espada en alto, gritó Santiago con todas sus fuerzas, cargando los seis hombres, dándole como respuesta los gritos del cierra España como si cargando a Belcebú pretendieran espantarlo con violentas voces. La ridícula carga de seis hombres se tornó en seiscientos para los espantados nativos que veían como a lomos de esos extraños animales, los extranjeros con piel de plata gritaban con la misma semblanza de violencia que Huitzilopochtli extasiado de sangre, y muchos comenzaron a apartarse de la furia de esos monstruos de cuatro patas. El choque fue brutal, y las armas de los caballeros, con el ánimo que solo puede dar el luchar por respirar un día más, tornaba sus brazos en fuertes engranajes de muerte, cortando y clavando en cuando amarillo, naranja, verde y rojo veían sus ojos, nublados por el frenesí del combate. Los hombres del Cihuacoatl no resistieron la carga de los desesperados de Cortés, y rápidamente el palanquín en el que iba, defendido por sus guerreros, cayó al suelo, pues El Capitán General había atravesado el pecho de uno de los guardianes que soportaban el peso del sillón del Caudillo. Sin apenas tiempo a levantarse, uno de los jinetes, Juan de Salamanca, atravesó en el suelo el cuello del Cihuacoatl con su lanza, y apoderándose de su estandarte, muchos mexicas comenzaron a correr. Los aztecas sabían que un estandarte, el tlahuizmatlaxopilli, no podía caer en manos del enemigo, pues la ira terrible de sus Dioses no perdonaría semejante afrenta al panteón divino, y serían derrotados por los extranjeros como castigo.

 

Miles de indígenas comenzaron una supersticiosa desbandada, las filas se rompieron de forma caótica y la descabezada marea de Tenochtitlan fue desapareciendo entre gritos de la llanura de Temalcatitlan, engullidos por la misma selva oscura que los hizo salir. Boquiabiertos, los extenuados soldados del Imperio rompieron en gritos de alegría y de incredulidad, y las gracias al ejército de santos, estampitas, escapularios y rosarios se vertieron entre las risas y los llantos. Con la misma sorpresa, Don Hernán Cortés vio que todavía agarraba su espada con la tensión y la fuerza del combate, salpicada de sangre grumosa. Alzó sus ojos y vio a Juan de Salamanca con el tocado de plumas y el estandarte, y sonriendo, aflojó el puño que sostenía con fuerza su espada.

 

– Parésceme cosa del cielo que estemos con los menudos en la barriga Señor Capitán, por mi vida que no pensaba en volver a Ávila sino en forma de billete diciendo a mi señora madre que dieron boleto a su hijo. – Dijo Salamanca mirando con orgullo el estandarte.

 

Hernán Cortés lo miró con media sonrisa en la boca, y mas para sí mismo que para el emplumado Juan de Ávila, musitó:

– Tenochtitlan primero Juanillo… Ávila después.  

Uno contra todos. Don Diego García de Paredes.

Hay personas que nacen para hacer grandes construcciones que asombren los ojos del que las mire, o personas que poseen un ingenio de tal magnitud que transforman el mundo que les rodea. Gente de gran creatividad capaz de emocionar el corazón del hombre con su arte, y gente con un carisma tan fuerte como para mover masas que revolucionen las sociedades humanas. Y luego también hay personas que nacen con una maravillosa capacidad pa’ darte dos ostias y cruzar el estrecho de gratis. Que mire usted, sin desmerecer otras grandes cualidades mencionadas y sin mencionar, esta también resultó durante mucho tiempo y en muchas circunstancias, una capacidad fantástica, sobre todo en momentos en los que la comodidad del matar a distancia no había llegado al refinamiento de hoy, y la espada era la auténtica herramienta de trabajo para los discípulos de Marte. 

Y es esta cualidad en la que destacaba nuestro amigo Don Diego García de Paredes, el llamado “Sansón de Extremadura”. Imagínense el porqué. Cierto es que hemos tenido grandes literatos, artistas, constructores y un largo etcétera de destacados hombres de las diversas ciencias y artes. Pero el arte que Don Diego dominó como nadie eran las llamadas ostias como panes. Duelista invicto en mas de trescientos lances, el currículum de nuestro soldado es cuanto menos, increíble: Capitán de Infantería en las guerras de Navarra, Grecia, Italia y África, Coronel de Infantería a las órdenes del Gran Capitán y Capitán de la guardia del Papa Borgia Alejandro VI, Condottiero del Duque de Urbino, Maestre de Campo del Emperador Maximiliano, Coronel de la Liga Santa y Caballero de la Espuela Dorada bajo el mando de Carlos V sirviendo en Alemania, Flandes, Austria y Hungría, amén de simple soldado de Cristo, cruzado en Orán. Combatió en las batallas y sitios de Ruvo, Ceriñola, Garellano, Mers-el-Kebir, Bugía, Trípoli, Rávena, Vicenza, Pavía, San Marcial, Cefalonia, Tarento, Noáin, Fuenterrabía… Una hoja de servicios que de llevarla en el canutillo de lata como era costumbre de la soldadesca del momento, le habría causado tres hernias de disco a este Hércules de Cáceres.

De familia nobiliaria, Paredes se ejercitó desde muy pequeño en el oficio de las armas, destacando siempre por su gran altura y tremenda complexión física, como recogía ya un contemporáneo italiano:

“El español, el hombre más audaz y forzudo de todo el ejército, y acaso de toda Europa, producía la impresión de que la naturaleza, al formarlo, había querido mostrar en él el tipo de hombre de armas, en las cuales tanto más grande era el éxito cuanto mayores la robustez y la fuerza muscular. Su estatura aventajaba en mucho a la de sus compañeros, y en un temperamento como el suyo, de acción incesante, el ejercicio había enjugado sus carnes de toda grasa, dando a sus músculos un tal desarrollo, que su pecho, su espalda y la complexión toda de sus miembros semejaban la de un coloso de la antigua estatutaria”

Muchos historias podíamos contar del amigo Diego de esos que hacen valer el dicho de “La realidad supera siempre a la ficción”, y tendremos en este pequeño espacio histórico tiempo para quedarnos con el culo a cuadros con las gestas de aquí el compadre, pero hoy he seleccionado especialmente el episodio de La Matanza del Río Garellano, dónde se dedicó nuestro buen soldado a repartir estopa entre los Franceses como si no hubiera un mañana, haciéndose patentes los arrebatos de cólera que sufría el militar cuando se enfrentaba a algún desaire. 

Nos encontramos en los días previos a la Batalla de Garellano, victoria bajo el mando del Gran Capitán que expulsó definitivamente a los Franceses de los dominios Españoles en Italia, haciendo desistir a Luis XII de continuar la guerra contra España. Con una inferioridad numérica en el bando Hispano de casi la mitad, la derrota Gala fue estrepitosa y el Marqués de Saluzzo no tuvo otra que salir corriendo, o en una caja de pino. Francés como era, salió corriendo. Se produjo entonces una caótica huida que dejó a cientos de soldados suyos como prisioneros o cadáveres, con una gran cantidad de material de guerra abandonado del que se apropiaron las armas Españolas.

Las crónicas de las batallas del Gran Capitán nos hablan como en días antes a que el combate se produjese, Gonzalo Fernández de Córdoba hirió en el orgullo al extremeño por un reproche que éste le hizo. Lo normal cuando esto le pasa a cualquier hijo de vecino es darle una leche a la pared que te deja la mano bonita, o cagarte en la madre que parió a to’ lo que se mueve. Don Diego se puso a cortar Franceses por la mitad. Y que le vamos a decir, cada cual se enfada de una manera y en esa época pues no había pelotas antiestrés. El caso es que el hombre salió de la discusión iracundo como él solo, y no tuvo otra idea que agarrar un montante (un espadón a dos manos) y colocarse en el estrecho paso de la entrada del puente del río Garellano, que separaba a los dos ejércitos, a lanzar improperios y desafíos a cuanto gabacho había al otro lado del río. Un destacamento Francés (las cifras bailan entre los mil, dos mil hombres) acudió a los gritos del desquiciado extremeño, que tuvo la osadía de desafiarlos en solitario. Los franceses, hastiados de los insultos, desafíos y jaleos del soldado del Gran Capitán, acudieron a matarlo. La situación de la entrada al puente era de una estrechez que permitía a Don Diego acometer a los Franceses de tú a tú, teniendo estos que sobrepasarlo para poder rodearlo. De manera que parece mas relato fantástico que realidad, García de Paredes empezó a repartir mandoblazos como un demonio, habiendo referencias que nos hablan de que “Francés que no caía por la espada caía por el puente”.

Y en este fregao se mantuvo el buen Don Diego dejando a mas madres sin hijos que Herodes en Judea, hasta que llegaron refuerzos Españoles, que no daban crédito a la batalla de uno contra todos que se estaba dando, produciéndose a causa de tan absurda situación una escaramuza en la que incluso la artillería Francesa intervino. Sacado de allí a la fuerza y con gran enfado del Gran Capitán, Muñoz de San Pedro escribió que «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos… saliese sin lesión». 

Historia tan disparatada será por muchos difícil de creer, pero lo bonito de la crónica sobre este soldado no es el aura de épica que muchas leyendas militares puedan tener, sino su autenticidad. Don Diego se hizo famoso en toda Europa y sus hechos son recogidos en las fuentes históricas mas fidedignas, como la crónica general y la crónica manuscrita, recogidas en las “Crónicas del Gran Capitán”. Así como autores de otras nacionalidades como el Italiano Massimo D’azeglio y otros numerosos testimonios escritos contemporáneos del bravo soldado. Incluso Don Miguel de Cervantes, que nació pocos años después de la muerte de Paredes, le dedicó unas palabras en honor a sus gestas en la universal obra Don Quijote de la Mancha: “Un Viriato tuvo Lusitania; un César Roma; un Aníbal Cartago; un Alejandro Grecia; un Conde Fernán González Castilla; un Cid Valencia; un Gonzalo Fernández Andalucía; y un Diego García de Paredes Extremadura…”

Son otras tantas las historias semejantes por contar, y que contaré, de este imbatible soldado del XVI, hoy enterrado en Trujillo, su pueblo natal. Pocos, o nadie, recuerdan hoy los hechos de una heroicidad casi suicida de nuestro Don Diego, con un concepto del honor y de la honra que era exagerado incluso para la España de su tiempo, que ya es mucho decir. Me imagino, no sin esa mezcla de melancolía y conformismo triste, su tumba en esta noche fría de otoño, con unas cuantas hojas secas arremolinándose alrededor del sepulcro de un valiente que tuvo por patria a la España que entierra con vergüenza ignorante los actos que nos hacen inmortales, y es por eso que le debo a este grande de las armas un recuerdo y un saludo allá dónde esté, que me juego el cuello que está en el cielo de los buenos católicos del Emperador Carlos V… no creo que San Pedro tuviera los huevos para no dejarle entrar.

 

La otra “Armada Invencible”.

Hoy sostengo en mi mano una pala bien recia, fuerte. Y palada tras palada en la húmeda tierra, tras mucho excavar, acabo dando en duro con la punta de la misma. Rápidamente me lanzo encima de mi descubrimiento, y dando ansiosos manotazos para quitarle la tierra de encima, veo que he desenterrado un viejo y mohoso baúl. Se ve que lleva mucho tiempo escondido, y que no mucha gente sabe la historia que contiene. Con un fuerte golpe reviento el candado devorado por el óxido, y conociendo el secreto de su interior, hago esta noche de saqueador de viejas historias y me llevo el contenido para traéroslo a vosotros. Pero guardad el secreto, no vaya enterarse la Reina Isabel I.

Hoy os traigo una derrota de la pérfida Albión, y es que los Ingleses siempre supieron enterrar bien profundo sus fracasos, a diferencia nuestra, que enterramos nuestras más grandes victorias. Buenos publicistas y desde luego más inteligentes que nosotros, manejaron mucho mejor que la espada, la pluma que escribe la historia, ensalzando sus victorias y escondiendo más de una, y más de dos patadas en la boca que dejaron a La Gran Bretaña sin dientes en unas cuantas ocasiones.

Es una de estas patadas en la boca (Concretamente se la llevó Isabel I) lo que vamos a ver hoy. Seguramente todos los que se pasen por aquí conozcan, en mayor o menor medida, la desastrosa derrota de nuestra Armada Invencible. Pero ¿y si hablamos de La Contraarmada Invencible?. Pues si, al más que recordado fracaso marítimo Español (que ya hablaremos largo y tendido sobre las causas de esa derrota) le siguió un estrepitoso y proporcionalmente mayor fracaso Inglés, del que no hay una sola palabra en los libros de historia de nuestros buenos y autonómicos institutos.

Pero metámonos en faena: Nos encontramos con una marina de guerra Española completamente diezmada tras la derrota de nuestra Invencible vencida, y con la moral hundida junto a las naves en las abruptas costas Britanas. La Reina Isabel, perra mala como ella sola, quiso asestar el golpe definitivo a nuestro Segundo Felipe, venciéndolo de una vez por todas y obligándolo a firmar los términos de la paz que ella impusiese. Y para ello contó Inglaterra con casi doscientas embarcaciones destinadas a darle al viejo león de Iberia los buenos días. A la cabeza de semejante expedición militar se encontraba Sir Francis Drake, malvado pirata para unos, valiente corsario para otros, hijo de puta para muchos. Este fue precisamente, a mi modo de ver las cosas, uno de los fallos Ingleses: Francis Drake fue un buen corsario, pero el corso es una cosa, y tener en tus manos el almirantazgo de una terrible flota militar es otra, como el mismo se encargó de demostrar mas tarde en las Indias, muriendo después de varias derrotas consecutivas frente a escuadras Españolas mucho menos numerosas.

Pues así nos encontramos a Francis Drake, dirigiendo una monstruosidad de armada donde la idea era destruir todo lo que quedaba de las naves Españolas, atacando La Coruña, Santander y San Sebastián. Pero amigo mío, nunca esperes disciplina en un pirata, y pasándose las órdenes por su Torre de Londres, Drake pasó de Santander y se fue directamente a por los buenos Gallegos, que me lo imagino con algún oficial preguntándole el porqué, y respondiendo el corsario: Porque yo lo valgo.

Pero en las costas Gallegas eran todos perros viejos que ya conocían bien al Inglés y aunque las defensas no eran las mejores, y tanto artillería como hombres brillaban mas bien por su ausencia, al pirata le salió el tiro por la culata. Mil quinientos  hombres entre militares, milicianos, mujeres y niños se disponían a defender sus murallas frente a los ocho mil hijos de Inglaterra desembarcados en las playas Coruñesas. Éstos, comandados por Norris, se lanzaron al ataque de la ciudad, tomando sin muchos problemas la parte baja de la misma, saqueando los barrios de la zona hasta que se dieron de morros con las murallas, teniendo que soportar una férrea defensa en la que es obligado mencionar a María Pita, heroína de la urbe, que ya dándole cuentas a San Pedro su buen esposo, no tuvo otra idea que agarrar una pica y atravesar de parte a parte a un alférez inglés, quitándole a su vez para bochorno de los de Albión, el estandarte que sostenía el desgraciado. Que como dijo Francisco I de Francia, Paco Gabacho pa los amigos, “España sola pare a sus hijos armados”, pero párese usted a mirar a la que los ha parido, que también es de armas tomar.

En definitiva, que con tanto Inglés hecho empanada de anguila frente a las murallas, el ataque no tuvo mas remedio que irse por donde vino, y Drake, que todavía no se daba por vencido y era un hardcore el tío, fue a por pan y se trajo ostias. Aliado con Antonio de Crato, que reclamaba el trono de Portugal ahora en posesión de España, los de la isla pretendían llegar a Lisboa y levantar una insurrección contra la Corona Española que ahora dirigía el país Luso. Desembarcando en Peniche, la ciudad se rindió rápidamente a las tropas de Sir Francis, pues era ésta partidaria del de Crato. Sin demorarse, Norris, a cargo de las unidades en tierra, puso rumbo a Lisboa con diez mil hombres que esperaban una campaña en Portugal particularmente desahogada. Sin embargo la expedición, como se iba viendo, estaba avocada al desastre y el camino hacia Lisboa fue una auténtica pesadilla: Eran repetidamente atacados por partidas de guerra tanto Españolas como Portuguesas, y las autoridades de Felipe II habían dejado sin suministros prácticamente todo el camino entre Peniche y la capital Lusa. Cuando llegaron, las cosas no hicieron sino empeorar.

El dominio Español sobre Portugal era conocido enemigo del Inglés, pero para sorpresa de las tropas de Isabel I, los Portugueses también los veían como hostiles herejes a los que había que echar de allí. Tanta costa saqueada pasaba factura, en forma de patada en el culo, a la marina Inglesa. Españoles y Portugueses se aprestaron a la defensa de la ciudad, mientras que por la ribera del tajo acosaba a la infantería inglesa, cañoneándolos,  Don Alonso de Bazán, hermano del héroe de Lepanto Don Álvaro de Bazán. Los ingleses se vieron obligados a buscar refugio, encontrándolo en un convento cercano en el que continuaron siendo batidos por el fuego Español, teniendo que salir de allí a todo trapo y con pelotas de plomo quemándoles el cogote. Así, los Anglos no tuvieron mas remedio que esperar a que cayera la noche para poder montar campamento, permitiendo esto esconder su posición a la artillería que destrozaba sus filas. Y he aquí uno de esos momentos de ingenio que ganan las batallas, y es que los Bazán traían el susodicho ingenio de serie: El ejército enemigo había ocultado su posición, ergo no se les podía seguir saludando con los cañones. Ante esta situación Alonso de Bazán mandó fingir un desembarco echando varias embarcaciones al agua, con unos pocos marinos a los que se les ordenó gritar cual gorrino en matanza Extremeña, haciendo creer a los Ingleses que se les iba a atacar. Con el ajetreo propio de una defensa improvisada en medio de la noche, las antorchas y mechas encendidas delataron la posición de los hombres de Norris, permitiendo iniciar de nuevo un bombardeo de artillería que seguramente no les dejó dormir muy bien. Eso de que te estampen una bala de cañón en la cabeza cuando uno está intentando pegar un sueñecito pues mira, desvela a cualquiera.

Finalmente entre escaramuzas y cañoneo constante, la situación de los Ingleses se volvió insostenible, teniendo que poner pies en polvorosa con Francis Drake viendo como su Contraarmada se deshacía. Huyendo hacia el atlántico, era perseguido por una escuadra  Española comandada por Martín de Padilla, que ya tenía experiencia en dar jarana de la que duele a los Turcos en el mediterráneo. Tras una serie de combates marítimos en los que Bazán relevó mas tarde a Padilla, los Ingleses fueron terriblemente derrotados. Muchos de sus barcos fueron apresados y Sir Francis Drake volvió a Inglaterra habiendo perdido a mas de la mitad de sus hombres y una gran cantidad de barcos entre bajas y deserciones. A esto hay que añadir el duro golpe que la empresa supuso para las arcas de Inglaterra y la rápida recuperación de la marina Española, que mantuvo su supremacía en los mares y su dominio de las rutas de las Indias durante cincuenta años mas.

Francis Drake se encontraba jugando a los bolos cuando la Armada Invencible se dirigía a luchar en las aguas de Inglaterra. Cuando la flota Española se acercaba, altivo, le advirtieron de que debía partir a la batalla, pero decidió quedarse a seguir jugando, diciendo para la posteridad: “Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”.

Ay Francis Drake, no aprendiste un refrán que aquí tenemos, y es que “Al que se ríe del mal del vecino, el suyo le viene de camino”.

Me río yo de las Termópilas

Es deber que dedique este primer escrito a un pequeño grupo de hombres valientes. Yo diría, viendo las circunstancias de los hechos, que valiente es un adjetivo que se queda bastante pequeño ante semejante sacrificio. Un sacrificio que muchos podrían considerar estúpido, porque allí no se murió por una posición ventajosa en las estrategias de la guerra, ni siquiera por un terreno con esperanzas de ser mantenido.  Allí se murió por honor. Honor que a nosotros nos salía caro en muchas ocasiones. Pero que demonios, eso no nos lo quita nadie.

Hijos de su tiempo, estos Españoles murieron porque si. Porque mis cojones son mas grandes que los tuyos, y punto.

Pero pongámonos en antecedentes. La Santa Liga, liderada por España, trataba de frenar el avance de la pesada cimitarra Turca, cada vez mas cerca de cercenar a los estados cristianos del este de Europa. Pero amigo mío, para coger peces hay que mojarse el culo, y esta fue una oportunidad para acabar con el Sultán de esas que se quedan en el aire cual pedo mochilero, que aunque al principio te creas que el cabrón se queda, no te preocupes que poco a poco, se va.

Cada mochuelo se fue a su olivo, y no sin motivos: Castilla no quería poner dinero en una empresa a la que no le veía ningún beneficio y que por otra parte, veía en donde Cristo perdió la chancla. Los Italianos y los Españoles nos tirábamos los trastos a la cabeza (Los espagetis querían el mando porque la mayor parte de la flota era suya, España ponía los hombres y el mando, pues mire usted, no se lo quitaba ni Dios) y como no, dando por culo por no variar las buenas costumbres, los gabachos amenazaban al Imperio, amén de otras bizarradas típicas de las alianzas en el mediterráneo, siempre tan fructíferas como conflictivas.

En este marco nos encontramos con el Tercio viejo de Sarmiento, que antes de que la Liga de marras se fuera por donde vino, se hallaban con la plaza tomada a las tropas de Jeireddin Barbarroja, pero sin poder avanzar para acogotar al Turco, pues la conquista de Castelnuovo trajo mas disgustos que alegrías. Venecia pedía para sí la fortaleza, Y Carlos V se descojonó en su trono. Total que a la ruptura de la alianza con los venecianos le siguió la de los Estados Pontificios y La Santa liga se disolvió. Castelnuovo quedó defendida por tres mil hombres aislados que no recibirían ayuda alguna. Y que coño, ni la queremos -diría Francisco de Sarmiento por mantener ese grueso muro de orgullo que traía consigo la bandera de un Tercio Español.

Barbarroja, seguramente frotándose las manos ante la división de sus enemigos, vió la oportunidad de quitarle la plaza a tan ridículo número de soldados sin salpicarse. Y así, en Julio de 1539 el Turco cercó la plaza con cincuenta mil hombres y ciento noventa naves de guerra. Tres mil hombres. Imaginad a tres mil hombres viendo como a su alrededor se despliega la terrible maquinaria de guerra Otomana en cantidades brutalmente ingentes para tan bajo número de defensores. Mucho barco pa tan poco marinero.

Mal alimentados y con una artillería que mas que dotación era una coña, El Tercio viejo de Sarmiento en vez de amilanarse tuvo la osadía de llegar a hacer varias salidas para frustrar las maniobras de los zapadores del Sultán, rajándole el cuello a mas de un jenízaro por el camino, que ya que coge de paso pa’ que dar mas vueltas oiga. Barbarroja, viendo que el perro mordía, quiso prevenirse, y ofreció una rendición que no hizo sino aumentar la chulería de los Numantinos defensores Españoles:

“ …el maestre de campo consultó con todos los capitanes, y los capitanes con sus oficiales, y resolvieron que querían morir en servicio de Dios y de S.M., y que viniesen quando quisieren”.

Que viniesen cuando quisieren. Cincuentamil tíos. Los hombres del Tercio de Sarmiento era unos cachondos. Barbarroja comenzó los ataques, en los que, increíblemente, los Españoles llevaron en todo momento la ventaja. Durante dos días los combates se sucedieron encarnizadamente, siendo el segundo, irónicamente, día de Santiago Apóstol o Santiago Matamoros, bonito nombre aquí acuñado, en el que parece que nuestro santo islamicida bajó en ayuda de los soldados del Tercio, enviando con Alá a seis mil turcos en un día de batalla en el que incluso los heridos salían de los improvisados puestos de socorro para seguir dando a las tropas del Sultán católicos palos. Y seguro que apostólicos y romanos también, porque al Turco le llovieron palos hasta en el carnet de identidad.

Habiéndose creído que esto iba ser venir y besar el santo, Barbarroja no sabía dónde meterse. Las tropas Otomanas estaban siendo mas que vencidas, humilladas por tan irrisorio número de enemigos,  sus tropas de élite, los jenízaros, contaban ya con un par de miles de muertos entre ellos y uno de sus mas grandes capitanes, Agi, hacía ya un rato que estaba en el harén ese de vírgenes que tienen esta gente cuando se van por la posta. Ante la estampa que tenía delante, decidió cancelar todo ataque de infantería y que los artilleros se encargasen de hacer gravilla con los malditos Españoles. La fortaleza era sacudida por los cañonazos, a lo que sus defensores respondían con rápidas reparaciones y salidas furtivas para dar boleto a cuanto hijo de Sultán tuvieran en el camino. A los nueve días de que comenzara el asalto, los Turcos no habían avanzado ni un sólo metro.

A los doce días de asalto, y tras mas de doce mil proyectiles lanzados sobre los heroicos defensores, (hay que resaltar en este punto la feroz resistencia del Capitán Vizcaíno Machín de Monguía con sus arcabuceros en las muros de la fortaleza) las murallas acabaron por ceder y las bajas entre los Españoles excedían números que posibilitaran la resistencia, teniendo que retroceder al Castillo, peleando a muerte y con los dientes apretados. Con casi todo el mando Español muerto y con Francisco de Sarmiento herido, los 600 remiendos de soldado Español que quedaban luchando, lo hacían en la parte del Castillo bajo, espalda contra espalda, rodeados de cadáveres, luchando contra una interminable marea Otomana y dejando claro el precio de enfrentarse a un Tercio Español.

El último momento de Sarmiento lo narran las crónicas de la siguiente manera: “..y Francisco Sarmiento andaba a caballo y bien herido. Y queriéndole salvar no quiso, y dio espuelas a su caballo, y metióse peleando en la mayor furia de los jenízaros. Que no se halló muerto ni vivo, ni saben qué se hizo” convirtiéndose para siempre en leyenda para todo el que lo recuerde. Menos de 400 Españoles quedaron vivos, siendo ejecutados o vendidos como esclavos. A algunos mandos que quedaron, como Machín de Monguía, héroe de Prevesa y demonio con espada hasta el final, les cortaron la cabeza. Otros acabaron en los presidios Turcos de Argel.

Tres mil  españoles despacharon a veinticuatro mil turcos durante la defensa de Castelnuovo. Tres mil españoles decidieron morir un mes de Julio de 1539 porque era un día tan bueno para hacerlo como cualquier otro. Porque Castilla pare leones.  Hay hombres que mueren por una mujer, por dinero, por justicia o por crimen, por amor, por azar. Estos tuvieron la suerte, la inmensa suerte, de elegir como morir. De mirar a la cara a la muerte, escupir, sacar la toledana, y decir: Van p’aca si tienes los cojones.

Vivan los valientes.